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Maldecir te salva: el poder oculto de las palabrotas

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Te golpeas el dedo del pie contra la esquina de la cama. Antes de que tu cerebro registre el dolor, una palabra estalla en tu boca, afilada, alta y extrañamente satisfactoria. Lejos de ser un simple desliz de cortesía, maldecir es un reflejo arraigado en la estructura del cuerpo humano, que se apoya en redes en el cerebro y en el sistema nervioso autónomo que evolucionaron para ayudarnos a sobrevivir al dolor y al sobresalto. La investigación muestra que un improperio bien colocado puede atenuar el dolor, regular el ritmo cardíaco y ayudar al cuerpo a recuperarse del estrés. El estallido ocasional, parece, no es una falla moral: es un reflejo protector integrado en nosotros. Relacionado: Maldecir parece hacer que los humanos sean físicamente más fuertes.

Maldecir te salva: el poder oculto de las palabrotas

La ruta neural del blasfemar y su respuesta inicial

El impulso de maldecir comienza mucho más abajo del nivel del habla consciente. La mayor parte del lenguaje cotidiano se origina en la corteza cerebral, donde las ideas se transforman en palabras. Maldecir, sin embargo, ilumina una red mucho más antigua: el sistema límbico, que gobierna la emoción, la memoria y las respuestas de supervivencia. Partes importantes del sistema límbico incluyen la amígdala, que actúa como un sistema de alarma emocional, y los ganglios basales, un grupo de estructuras conectadas que ayudan a controlar el movimiento y el comportamiento automático, incluyendo la vocalización instintiva. Estas áreas envían señales rápidas hacia la tronco encefálico antes de que la parte pensante del cerebro pueda responder. Por eso las palabras salen tan rápido: es parte de un antiguo reflejo que prepara al cuerpo para responder a un sobresalto o dolor. La explosión de voz activa el sistema nervioso autónomo, que temporalmente eleva la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la alerta. Los músculos se tensan mientras la corteza motora y las vías espinales preparan las extremidades para la acción —un braceo reflejo que prepara al cuerpo para defenderse o retirarse. Luego llega la voz, impulsada por una contracción aguda del diafragma y de los músculos intercostales que fuerza el aire a través de la laringe en una exhalación explosiva. Incluso la piel responde: las glándulas sudoríparas se activan y ocurren pequeños cambios eléctricos, con pequeñas gotas de humedad marcando la firma emocional del cuerpo. En lo profundo del cerebro, la glándula pituitaria y la sustancia gris periacueductal —una columna de sustancia gris en el mesencéfalo— liberan beta-endorfinas y encefalinas, los analgésicos naturales del cuerpo. Estos químicos amortiguan el dolor y crean una ligera sensación de alivio, convirtiendo el lenguaje en un acto físico — moviendo la respiración, los músculos y la sangre antes de volver la calma al cuerpo. Esta respuesta integrada —del cerebro al músculo y a la piel— explica por qué una palabra malsonante puede sentirse simultáneamente instintiva y satisfactoria. Investigaciones recientes muestran que maldecir puede realmente cambiar cuánto dolor pueden soportar las personas. Una revisión de 2024 analizó estudios sobre los efectos analgésicos del maldecir y encontró evidencia constante de que las personas que repetían palabras tabú podían mantener las manos en agua helada significativamente más tiempo que las que repetían palabras neutrales. Otro informe de 2024 encontró que maldecir también puede aumentar la fuerza física durante ciertas tareas, lo que respalda aún más la idea de que la respuesta del cuerpo es real y no meramente psicológica.

La ruta neural del blasfemar y su respuesta inicial

Efectos en la salud y reflexiones finales

Esto sugiere que la vocalización reflexiva del cuerpo —la palabra malsonante— desencadena más que una liberación emocional. Una posible explicación es que un estallido de excitación corporal automática activa los sistemas naturales de control del dolor, liberando endorfinas y encefalinas y ayudando a las personas a tolerar mejor el malestar. Lo que no está claro es la ruta exacta: si el efecto es puramente fisiológico o en parte psicológico, involucrando la reducción de la autoconciencia, mayor confianza o distracción del dolor. Es importante destacar que el efecto parece ser más fuerte entre las personas que no suelen maldecir, lo que sugiere que la novedad o la carga emocional juega un papel clave. El maldecir también ayuda al cuerpo a recuperarse del estrés súbito. Cuando se sorprende o se hiere, el hipotálamo y la pituitaria liberan adrenalina y cortisol en la sangre, preparando al cuerpo para reaccionar. Si este estallido de energía no se libera, el sistema nervioso puede permanecer en un estado de hiperactivación, vinculado a la ansiedad, problemas de sueño, debilitación de la inmunidad y una tensión adicional en el corazón. Los estudios de variabilidad de la frecuencia cardíaca —pequeños cambios entre latidos controlados por el nervio vago— muestran que maldecir puede causar un aumento rápido del estrés, seguido de un retorno más rápido a la calma. Este rebote, impulsado por el efecto del vago en el corazón, ayuda al cuerpo a asentarse más rápidamente que si hubieras contenido las palabras. Mirando de forma anatómica, maldecir es uno de varios actos vocales reflexivos —junto con resoplidos, la risa y los gritos— modelados por circuitos neuronales antiguos. Otras primates emiten llamados agudos ante el dolor o la amenaza, activando las mismas regiones del mesencéfalo que se activan cuando los humanos maldicen. Ese impulso emocional es lo que da potencia a la profanidad. La palabra tabú conecta la mente y el cuerpo, dando forma y sonido a la experiencia visceral. Cuando se libera en el momento adecuado, es el sistema nervioso expresándose, un reflejo primal y protector que ha perdurado a lo largo de la evolución. Michelle Spear, profesora de Anatomía, Universidad de Bristol. Este artículo está republicado de The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.

Efectos en la salud y reflexiones finales